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Amé sus manos suaves desde la primera vez que estrecharon las mías y ese chispazo me recorrió entera. No pude resistir su abrazo sin cerradura y el calor de su cuerpo junto al mío. Marina era lo más cercano a un príncipe azul que mi piel había conocido, solitaria y sin palabras, a su mundo no le hacían falta puertas. Ella quiso ser mi roble y yo la bauticé mi hogar.

Nada me gustaba más que despertar y, aún antes de abrir los ojos, aspirar la felicidad que su aroma de canela despedía por toda la casa. Montada en su perfume viajé en el tiempo. Farid trajo a mi boca una explosión de sabores, la miel picante de su lengua era mi alimento perfecto. Le gustaba mezclarse y que yo encontrara la frescura de su aliento entre la multitud desnuda. Fui su México y él mi lejano oriente.

El día que lo vi volar, sentí mi corazón latir con más fuerza que nunca. Arturo era ligero, como yo lo soy en sueños, sus alas eran blancas y de una pureza tan deslumbrante que no le permitía tocar el suelo. Sólo él fue capaz de llegar conmigo a universos vírgenes que jamás serán dibujados en los mapas estelares. Eramos un par de locos imparables, queríamos verlo todo, vivirlo todo.

Uno de esos viajes me llevó hasta Antares, A-N-T-A-R-E-S… me enloquecieron sus letras, su canto y su silencio. En sus cartas reconocí el eco de mi alma. Entre sus líneas estaban las preguntas a respuestas que sigo y seguiré buscando. Sus puntos suspensivos escalaban por mis piernas y penetraban en mi intimidad como una tormenta de verano en la tierra. Éramos tinta y musa.

Ninguno era mío y yo pertenecía sólo a mi. Elegí compartirles mis días, mis sueños y mis miedos. Eran tiempos agridulces, negros, blancos, rosas y amarillos.
Aún hoy, pese a los años juntos, revueltos, cambiantes, solitarios o los amantes más o menos constantes, seguimos siendo cinco y no uno solo. Todavía pensamos diferente, pero siempre hemos sabido que nuestros lazos unen en lugar de atar.

Aún somos planetas completos y complejos, de mares traslúcidos que reflejan colores según quién nos mira. Y, a pesar de que cada uno traza su propia trayectoria, a veces las estrellas se alinean y somos capaces de ocupar el mismo espacio. Desafiamos las leyes de la física, la química y la sociedad. Sacudimos el mundo a besos, con risas sonoras y miradas coquetas, con bailes sin ton ni son y caricias dulces en cualquier lugar.

La energía

no se crea ni se destruye.

Nuestro amor

se divide

sólo para ser más grande.

 

*Imagen: Untitled (Five vertical lines), Paul Theck.

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